M. Muñoz, 2010
Había un momento mísero y grandioso, que era cuando el sol parecía que iba a estallar y los trenes lo cruzaban como relámpagos, y en toda la geología de los desmontes y los escombros lucía un fuego de ocaso que transfiguraba las latas, los critales, en una combustión instantánea, como si todo fuera a redimirse por la luz, a purificarse por el fuego malva de la tarde, pero luego caía la sombra fría sobre el barrio, amanecían unas estrellas gordas y suburbiales en el cielo, la chica me cogía la mano con sus manos de fregar, coser, trabajar, y una tristeza de esparto iba acallando el mundo.
F. Umbral