| Marta Muñoz, 2013 |
Paseo por la
ciudad de nuestra juventud
y busco una calle para mi nombre.
Las calles grandes, ruidosas,
se las dejo a los grandes, ruidosos, de la historia.
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?
Sencillamente te amaba.
Busco una calle pequeña, una calle cualquiera,
por la que, sin llamar la atención de nadie,
podamos pasear incluso después de muertos.
No hace falta que tenga mucho verde,
ni árboles, ni pájaros propios.
Lo importante es que en ella un perseguido,
sea hombre o perro, pueda hallar refugio.
Sería maravilloso que estuviera empedrada
pero tampoco es lo que importa.
Lo más importante
es que en la calle que lleve mi nombre
no le suceda nunca a nadie una desgracia
y busco una calle para mi nombre.
Las calles grandes, ruidosas,
se las dejo a los grandes, ruidosos, de la historia.
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?
Sencillamente te amaba.
Busco una calle pequeña, una calle cualquiera,
por la que, sin llamar la atención de nadie,
podamos pasear incluso después de muertos.
No hace falta que tenga mucho verde,
ni árboles, ni pájaros propios.
Lo importante es que en ella un perseguido,
sea hombre o perro, pueda hallar refugio.
Sería maravilloso que estuviera empedrada
pero tampoco es lo que importa.
Lo más importante
es que en la calle que lleve mi nombre
no le suceda nunca a nadie una desgracia
Izet
Sarajlic
Reconozco una cierta debilidad, hacia la imagen de las calles como trayectoria vital, el símil calle-vida. Aquí es una calle para la ciudad -perdida- de la juventud. En todos los casos, a la mayoría de los que escribimos poesía, es el callejón angosto, lo que nos define, y nos atrae.
ResponderEliminarGracias por traer este espléndido texto. ABrazos